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| La causa de la reforma de la ONU
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner habla hoy al mundo entero desde el podio de la Asamblea General en las Naciones Unidas en Nueva York. Estará bien acompañada. Antes de ella hablará el presidente Obama y también mi jefe, el secretario general Ban Ki-moon. Después de ella vendrá Rusia, con el presidente Medvedev.

No es un secreto dentro de mi organización que nuestro secretario general, además de examinar temas candentes globales como Libia y Siria, además de enfatizar la campaña de la ONU para combatir la pobreza y de plantear la necesidad de confrontar al cambio climático? además de todo eso, apelará a todos los que trabajamos en la ONU para implementar un cambio dentro de nuestras filas.

Ban nos habló mucho de esto cuando visitó la Argentina en junio. "Debemos aceptar que en el clima económico actual tenemos que hacer más con menos." Ese fue su mensaje al personal de la ONU en Buenos Aires. "Y es nuestro deber dejar atrás el statu quo y hacer de la ONU el mejor instrumento posible."

Eso es música para los oídos de muchos de los Estados miembros más importantes de la ONU. El presidente Obama, por ejemplo, quien tomó el poder cuando yo todavía trabajaba para la ONU en Washington DC, dejó en claro que quería llevar los Estados Unidos de nuevo al mundo, buscando multilateralismo tras el enfoque unilateral de los años de Bush, y quería que esto sucediera a través de la ONU, espacio común de los países del planeta. Incluso nos hizo una advertencia: "La ONU es indispensable, aunque imperfecta".

Aquellos de nosotros que trabajamos para la ONU conocemos sus fortalezas y también sus debilidades. Creemos apasionadamente en la única organización que puede alimentar decenas de millones de aquellos que padecen hambruna, vacunar casi a la mitad de los niños del mundo, enviar personal de paz al Líbano o al Congo o a Haití, zonas peligrosas a las que otros no pueden o no quieren ir.

Reconocemos también el modo en que funciona nuestro aparato burocrático, a veces penosamente lento, a menudo más dedicado a los procesos que a los resultados, en otros momentos distraído de su propósito por las políticas llevadas a cabo en Nueva York, Ginebra y Nairobi.

La organización, nacida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y con una arquitectura que data de ese período, necesita más que un maquillaje. Necesita una meticulosa puesta a punto. Ante los ojos de algunos, especialmente de nuestros críticos, necesita una revolución.

El secretario general ha comenzado el proceso. En el escenario mundial, el Consejo de Seguridad ha adoptado una postura más dura con respecto a Libia, Irán y Corea del Norte. Dentro de su propia casa, Ban Ki-moon ha reducido presupuestos, ha hecho de la auditoría interna una prioridad y ha sido el primer jefe de la ONU en declarar públicamente sus bienes personales. Pero lo cierto es que mi jefe y la organización son tan fuertes -o viceversa- como los hacen nuestros Estados miembros.

Podría decirse que las Naciones Unidas no tienen mejor amigo que la Argentina. Este país fue uno de los fundadores de la organización. Ha apoyado a la ONU tanto en los buenos como en los malos tiempos. Desde el canciller Dante Caputo, presidente de la Asamblea General dos décadas atrás, hasta Luis Moreno Ocampo, fiscal de la Corte Penal Internacional hoy, la Argentina ha liderado durante épocas dentro de la ONU. Y este año la Argentina ocupa un lugar especial en los corredores del poder global, como líder del movimiento G-77 que comprende a 131 países más China. La Argentina ha usado ese papel para producir una agenda positiva, enfatizando la lucha contra la pobreza, la campaña para confrontar al cambio climático, y la necesidad de reforma de nuestras organizaciones internacionales.

De tal modo, nuestra esperanza es que la presidenta Fernández de Kirchner ceda su voz hoy a la causa de la reforma de la ONU. Así, sumará su voz a la de otros para decirnos que tenemos que cambiar. Esperamos que, como líder de más de los dos tercios de los Estados del mundo, la Argentina se sume a los demás para alentarnos a volvernos más eficientes y efectivos.

Después de todo, tus amigos no te dicen sólo lo que querés oír. Tus mejores amigos te dicen la verdad, ¿o no? Sin duda,

para eso están los mejores amigos.

© La Nacion

David Smith

El autor es director del Centro de Información ?de la ONU para la Argentina y Uruguay.

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